Acto de homenaje a los estudiantes ejecutados y desparecidos de la Universidad de Concepci贸n

El pasado viernes 11 de septiembre, a las 11:00 horas, la Mutual Bautista van Schouwen Vasey desarrollo su tradicional acto de homenaje a los estudiantes de la Universidad de Concepción caídos durante la dictadura, en la denominada Plaza de la Memoria en el Barrio Universitario.
A la actividad este año se sumó el colectivo de estudiantes Marea Rebelde, quienes colaboraron con el desarrollo de la actividad y leyeron una declaración.
Nuestra organización entrego una ofrenda floral junto a la placa que recuerda el nombre de los estudiantes ejecutados y desaparecidos, y se leyó un discurso por parte de la organización el cual difundimos a continuación.

Compañeras, compañeros, amigas y amigos:

Quisiera comenzar estas palabras recordando a Miguel Enríquez, quien en octubre de 1967, en el número 40 de Punto Final, escribía sobre los estudiantes de Concepción:

“Los estudiantes de Concepción comprendieron que su papel no es el de trepadores sociales a la caza de los beneficios de un título universitario, sino que, como ‘grupo de edad’ y en su calidad de ‘joven intelectualidad’, al cruzarse con la agudización de los conflictos sociales a nivel nacional y latinoamericano, se integran al movimiento revolucionario entendiendo que a la Universidad no vienen sólo a estudiar, sino también a luchar.

Y lo más importante, los estudiantes de Concepción entendieron, y mostraron con su ejemplo, un camino que todavía sectores de la izquierda tradicional no pueden o no quieren aprender. La única forma de detener una ofensiva represiva y reaccionaria, el sólo método de impedir una dictadura legal o un golpe militar, no es bajar la cerviz, vestir piel de cordero y de rodillas jurar pacifismo y legalismo, sino, muy al contrario, enfrentar al represor, combatirlo sin ceder, denunciar cada uno de sus tenebrosos pasos y seguir adelante, haciéndole retroceder, no a su punto de partida, sino mucho más atrás”.

Estas palabras adquieren hoy un sentido especial porque son pronunciadas aquí, en la Universidad de Concepción, frente a este memorial que recuerda a integrantes de esta comunidad universitaria detenidas y detenidos desaparecidos, ejecutadas y ejecutados por la dictadura cívico-militar.

No son, por tanto, palabras ajenas a este lugar. Muchas y muchos de quienes hoy están inscritos en esta placa pertenecieron precisamente a esa generación que Miguel describía: estudiantes y jóvenes que comprendieron que acceder a la Universidad implicaba también interrogar la sociedad en que vivían y asumir una responsabilidad frente a ella.

En cierto modo, fueron carne, inteligencia y voluntad de aquellas palabras.

Los años sesenta y comienzos de los setenta fueron un período excepcional de movilización social y política. Trabajadoras y trabajadores, campesinas y campesinos, pobladoras y pobladores, estudiantes y organizaciones populares comenzaron a disputar asuntos que hasta entonces parecían reservados a quienes detentaban el poder. La tierra, el cobre, la vivienda, la educación, las condiciones de trabajo y la participación política se transformaron en cuestiones centrales para millones de personas.

No fue un tiempo libre de errores ni contradicciones. Hubo profundas diferencias políticas y estratégicas. Pero algo había cambiado de manera decisiva: amplios sectores del pueblo habían dejado de concebirse como simples espectadores y comenzaron a reconocerse como protagonistas de las transformaciones que recorrían Chile y América Latina.

La Universidad de Concepción fue uno de los espacios donde ese proceso adquirió especial intensidad. La Reforma Universitaria puso en discusión no sólo la forma de gobernar la institución, sino su propio sentido. Se debatía acerca de para quién se producía conocimiento, cuál era la relación de la Universidad con las necesidades populares y qué responsabilidad correspondía a quienes tenían la posibilidad de formarse en ella.

Miguel Enríquez, Bautista Van Schouwen, Luciano Cruz y tantas compañeras y compañeros participaron de ese ambiente de discusión, organización y compromiso. Eran jóvenes que estudiaban y al mismo tiempo buscaban comprender las estructuras de la sociedad que habitaban. Para ellas y ellos, conocer la realidad significaba también preguntarse por las posibilidades de transformarla.

Esa dimensión es fundamental para comprender lo que ocurrió después.

La dictadura cívico-militar no se propuso únicamente derrocar al gobierno de Salvador Allende ni modificar determinadas instituciones. La violencia desatada después del golpe buscó desarticular un proceso social que había acumulado años de organización, conciencia, experiencia y capacidad de acción colectiva.

Por eso la represión fue dirigida contra militantes, estudiantes, dirigentes sindicales, pobladoras y pobladores, profesionales, trabajadoras y trabajadores. Quienes organizaban, enseñaban, comunicaban, formaban políticamente o articulaban comunidades se transformaron en objetivos porque representaban algo mayor que sus propias vidas: constituían capacidades construidas colectivamente.

Allí radica una dimensión particularmente cruel del terrorismo de Estado.

No se buscó solamente eliminar personas. Se intentó romper la transmisión de experiencias entre generaciones, destruir tejidos comunitarios y sembrar el miedo allí donde se había desarrollado organización.

Bautista Van Schouwen fue parte de ese proyecto histórico. También Miguel Enríquez. Y junto a ellos, tantas compañeras y compañeros cuyos nombres encontramos hoy en este lugar.

Por eso la memoria que levantamos desde la Mutual Bautista Van Schouwen Vasey no puede reducir sus vidas al momento en que fueron asesinados o hechos desaparecer.

Sería aceptar que toda su existencia quedara definida por aquello que sus verdugos hicieron con ellas y ellos.

Quienes hoy recordamos tuvieron una vida anterior a la represión. Estudiaron, trabajaron, construyeron relaciones, debatieron, organizaron, amaron, se equivocaron y tomaron decisiones. Fueron personas concretas que eligieron comprometerse con las luchas de su época y que imaginaron que otro orden social era posible.

Esa es la dimensión de sus vidas que también debemos recuperar.

Porque la memoria no consiste únicamente en denunciar el horror, aunque hacerlo siga siendo imprescindible. Consiste también en comprender qué proyectos, experiencias y esperanzas se intentaron cancelar mediante ese horror.

Y desde allí debemos mirar nuestro presente.

No para reproducir mecánicamente las respuestas políticas de hace cincuenta o sesenta años. Las condiciones históricas son otras y cada generación deberá construir sus propios caminos. Pero sí para recuperar aquella disposición a cuestionar lo que se presenta como inevitable.

Hoy seguimos viviendo en una sociedad atravesada por desigualdades profundas, por la concentración de la riqueza y del poder, por la precarización de la vida, por el deterioro de nuestros territorios y por el debilitamiento de numerosos espacios colectivos. También enfrentamos intentos por relativizar los crímenes de la dictadura y vaciar de contenido la defensa de los derechos humanos.

En ese contexto, este memorial no puede convertirse simplemente en un lugar donde se deposita una ofrenda una vez al año.

Tiene que seguir siendo una pregunta abierta.

Quienes estudian hoy en esta Universidad deberían poder encontrarse con estos nombres y preguntarse quiénes fueron, qué país les tocó vivir, qué opciones asumieron y por qué fueron perseguidos.

No para imitarlos.

No para convertirlos en figuras intocables.

Sino para comprender que hubo una generación que decidió no permanecer indiferente frente a las injusticias de su tiempo.

Y tal vez allí se encuentre uno de los sentidos más profundos de reunirnos hoy.

La dictadura intentó expulsar a estas compañeras y compañeros de la historia. Sin embargo, sus nombres continúan aquí, en el mismo espacio universitario del que alguna vez formaron parte.

Al pronunciarlos, al conocer sus trayectorias y al comprender las razones de su compromiso, recuperamos algo que el terrorismo de Estado quiso cancelar: la continuidad de la memoria popular.

Por eso las palabras de Miguel con las que comenzamos vuelven a adquirir sentido frente a esta placa.

Aquella generación comprendió que la Universidad no estaba separada del país y que el conocimiento implicaba también una responsabilidad frente a la realidad.

A esas compañeras y compañeros recordamos hoy.

A quienes hicieron de sus estudios, de sus profesiones, de sus trabajos y de su militancia una forma de compromiso con su tiempo.

A quienes la dictadura quiso arrancar de nuestra historia y que, sin embargo, siguen presentes en este lugar.

Recordarlos es reconocer lo que fueron, comprender aquello por lo que lucharon y asumir que las preguntas que atravesaron sus vidas no pertenecen únicamente al pasado.

Porque cada generación, también la nuestra, debe decidir qué hace frente a las injusticias de su tiempo.

Muchas gracias